Ayer tomamos la decisión de ingresar a mi madre. Después de hablar con la médico de cabecera (un diez de persona y un diez de profesional), que me dio un golpe de realidad. Mi madre es ahora una persona dependiente, ha perdido toda la autonomía que tenía. No puede comer sola, ir al baño o levantarse de la cama para dar un paseo. El martes entró en la fase de estar postrada en la cama porque cualquier movimiento empezaba ya a ser un suplicio.
Como ayer estaba todo lleno, me han llamado esta mañana para decirnos que había una plaza disponible para ella. Aunque noche tuviéramos un momento de pánico por la indecisión de ir a un sitio a otro. ¿Y si nos dicen el Juan March? ¿O el General? ¿Qué hacemos? ¿Decimos que sí? ¿Esperamos? El azar lo ha decidido.
Ayer, dándole vueltas (porque por si no lo habéis notado tengo la cabeza a mil) pensaba en que la situación era triste, no sólo por el estado de mi madre, sino también por lo que implicaba que quedara una cama vacía, una persona menos y una familia con una situación como la nuestra. Al tener plaza en el Sant Joan de Déu en Inca quiero pensar que han dado un alta, porque no todos los pacientes son paliativos.
He de decir que las primeras sensaciones son buenas. El personal ha sido amable y atento y mi madre parece más tranquila.

No quería tomar esta decisión, pero me daba más miedo la alternativa, el tener que vivir con un pánico constante y con miedo a que le pase algo. Estar en casa, en parte, es comodidad, pero también es incertidumbre. ¿Qué puedo hacer si le falta el aire? ¿Y si se desmaya o convulsiona? Porque aunque no haya pasado, con la evolución de su enfermedad puede pasar perfectamente.
Parece la decisión lógica, razonable. Lo es. Por mucho que quiera, no puedo con todo. Me gustaría poder hacer más, llegar a más partes, pero no doy abasto. ¿Que me fustigo un poco por ello? Si no lo hiciera no sería yo.
Así que nada, ahora está en un hospital, estable. Quiero pensar que dentro de lo malo, ella está mejor así. Veremos cómo amanece mañana.

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