Hubo un tiempo en el que anhelaba el silencio. Supongo que por eso me gustó tanto Japón, en medio de una ciudad tan grande y bulliciosa como es Tokyo, había espacios de silencio. ¿El metro? Silencioso, apenas se oían murmullos. ¿En los templos? Se escuchaba el canto de los pájaros, pero también de los coches que pasaban por las cercanías.
Ahora el silencio me da pavor. Me paso las noches prestando atención a los sonidos que hace mi madre al respirar. Si no escucho nada, me despierto rápidamente, aunque sólo sea porque su respiración es más pausada. Los silencios me dan miedo, porque quiera o no, quiera verlo o no, quieren decir algo.

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